La muerte de Fidel Castro y la encrucijada cubana

28 Nov

di Osvaldo Coggiola

Cuando fue juzgado después del asalto al cuartel Moncada en 1953, Fidel Castro transformó el estrado judicial en una tribuna política para producir su famoso alegato: “La historia me absolverá”, todo un programa político que tenía su eje en la convocatoria a elecciones libres y en la vigencia de la Constitución de 1940, que abrió el periodo de los gobiernos llamados “legítimos” (Ramón Grau San Martín y Carlos Prío Socarrás) hasta el golpe de Fulgencio Batista en marzo de 1952.

Consumada la revolución el 1° de enero de 1959, la jefatura guerrillera en el poder intentó ejecutar aquel programa: estableció un acuerdo con partidos burgueses opositores a la dictadura de Batista y nombró presidente a Manuel Urrutia, representante de aquella coalición. El 8 de enero una maniobra política quiso imponer en el gobierno a una junta militar, pero Castro y su Movimiento 26 de julio convocaron a la huelga general para derrotarla.

Más tarde, cuando Urrutia expulsó a Fidel del mando militar, una movilización obrera y campesina lo repuso en el cargo y el presidente debió renunciar. Se quebró la coalición con la burguesía y se decretó la expropiación de los emporios azucareros, muchos en manos de pulpos norteamericanos. Esto es: cuando los objetivos democrático burgueses que perseguía el movimiento revolucionario se demostraron de cumplimiento imposible si no se les quitaba a la burguesía y a los latifundistas su poder económico y político, la dirección cubana tuvo el mérito histórico de avanzar audazmente por ese camino, el de barrer a todo el antiguo poder estatal. En enero de 1961, después de que Castro personalmente comandara las milicias que rechazaron la invasión de exiliados (financiados, entrenados y armados por la CIA) en Bahía de los Cochinos, el gobierno cubano proclamó públicamente el carácter socialista de la revolución.

Así, los aliados democráticos del M26 se van del gobierno o son expulsados, terminan en el exilio. La revolución entra en crisis con sus postulados originales y, mientras echa del gobierno a los partidos burgueses y expropia a los latifundistas, prohíbe elecciones libres en los sindicatos e impide cualquier desarrollo independiente de las organizaciones obreras y del proletariado mismo. El poder exclusivo del M26 deriva en el poder personal de Castro y se instaura así un bonapartismo sui generis. Poco después, los reveses económicos (el fracaso de campañas agrícolas y sobre todo la derrota de las tendencias industrializadoras, impulsadas por el Che Guevara y el ala izquierda del M26) empujarían a Castro a refugiarse en la burocracia contrarrevolucionaria del Kremlin; es más: el Partido Comunista, que se había opuesto a la revolución porque se contradecía con el equilibrio político acordado por Moscú con las potencias imperialistas, pasó a formar parte decisiva del gobierno y el Movimiento 26 de Julio tomó el nombre del partido estalinista.

Desde entonces, y particularmente a partir del fracaso de la experiencia foquista de Guevara, Castro se empeñaría en evitar que otros siguieran el camino cubano. Respaldó la “vía pacífica” al socialismo propugnada por Salvador Allende en Chile (1970-1973) y luego, producida la revolución nicaragüense en 1979, señaló con énfasis que Nicaragua no tenía por qué hacer como él mismo había hecho en Cuba, de modo que el sandinismo no expropió a burgueses ni a terratenientes y reconstituyó el ejército regular destruido por la revolución. En sus últimos años de gobierno efectivo, Castro respaldó a gobiernos nacionalistas como los de Hugo Chávez y Evo Morales, e incluso al de los Kirchner.

Fidel Castro acompañó los acuerdos del gobierno cubano con Barack Obama, si bien en algún momento dejó caer alguna observación crítica (“no necesitamos que el imperio nos regale nada”), acuerdos que ahora entran en nueva crisis por la victoria de Donald Trump. Debe subrayarse, en ese punto, que Obama no levantó el bloqueo; apenas lo moderó, y con cuentagotas.

Este proceso se desenvuelve, además, cuando la bancarrota capitalista empeora en extremo las condiciones económicas de Cuba. Una reconversión capitalista en la isla revolucionaria produciría una situación explosiva por el grado de miseria que acarrearía. Por otra parte, la economía cubana está deteriorada gravemente en sus centros neurálgicos: la producción azucarera, por citar un caso, se ha derrumbado de 8 millones de toneladas en la década de 1990 a poco más de un millón en la actualidad. La entrega de tierras en propiedad a campesinos y cooperativas encuentra también obstáculos severos en el atraso agrario del país.

la autoridad de Fidel, perdida en la práctica desde que su salud lo obligó a retirarse del gobierno, se pierde ahora hasta en su sentido simbólico. La crisis del Estado cubano deberá necesariamente apurar la transición política, que finalmente se decidirá en el terreno de la lucha de clases nacional e internacional.

En definitiva, el de Cuba es un proceso abierto. Junto a las tendencias restauradoras se desenvuelve otra, opuesta al régimen burocrático y favorable a la democracia obrera, a la defensa de las conquistas de la revolución, a la libertad de organización con ese fin. Las masas cubanas son conscientes de que se aproxima el momento del desenlace: Fidel ha muerto y Raúl está también ante el límite intraspasable de la naturaleza. La crisis mundial pone a los trabajadores cubanos ante ajustes similares a los que sufren sus compañeros de todo el mundo. La revolución latinoamericana bien puede recomenzar por la gloriosa Cuba.

Es un momento de tristeza, frente al dolor de un pueblo ante la pérdida de su grande líder, y más aún cuando se trata del jefe de una revolución que cambió la historia latinoamericana. Con la muerte de Fidel Castro, a los 90 años de edad, desaparece uno de los revolucionarios más importantes del siglo XX. Castro personificó, en su larga vida, el derrotero de la revolución cubana, desde su etapa democrática inicial hasta la confrontación con el imperialismo y la burguesía cubana, para derivar, en el transcurso de su primera década, en una adaptación al estalinismo que marcaría su derrotero futuro. La larga estadía de Castro en el poder (1959-2008), marca claramente su rol bonapartista en este proceso, arbitrando entre las masas cubanas, armadas en milicias pero desprovistas de la posibilidad de organizarse en un marco clasista, por un lado, y el imperialismo y el aparato estalinista, por el otro.

Esa caracterización revela tanto los alcances como las limitaciones del proceso revolucionario que Castro arbitró durante medio siglo: una revolución en la que, a pesar de haberse expropiado el capital, la clase obrera no apareció como el sujeto revolucionario, organizado como tal y separado programáticamente de las otras clases, sino subordinada políticamente a una dirección de origen pequeñoburgués. El surgimiento de una burocracia privilegiada y la adaptación al estalinismo mundial (la Unión Soviética) y local (el Partido Socialista Popular, ex-Partido Comunista de Cuba, que había participado en un gobierno de coalición con Batista), condujo al nuevo estado revolucionario a suprimir a los trotskistas cubanos en 1965 y al alejamiento del Che de la dirección revolucionaria, lo cual conduciría a su muerte en Bolivia en 1967. Su trágica muerte es testimonio no sólo de las divergencias que la presión del estalinismo generó en el seno de la cúpula revolucionaria cubana entre el ala izquierda liderada por el Che y el ala centrista dirigida por Castro, sino del fracaso de la estrategia foquista del Che, quien, en un retorno a las teorías de los populistas rusos, postulaba que el sujeto revolucionario no eran los trabajadores asalariados sino los pequeños propietarios campesinos de los países coloniales y semicoloniales.

En más de medio siglo de revolución cubana, sus enemigos tuvieron todo el tiempo del mundo para imaginar su fin. Muchos pensaron que ocurriría cuando Einsenhower, presidente de Estados Unidos (1954-62), le impuso un embargo petrolero, en 1960, que redujo el aprovisionamiento de Cuba a menos de 72 horas de consumo. Menos fueron los que albergaron ilusiones en la invasión de Playa Girón, abril de 1961, o durante la crisis de los misiles, en octubre de 1962. Algunos vieron una oportunidad en la crisis que desató una camarilla vinculada a la burocracia rusa, encabezada por un stalinista llamado Escalante, que hubiera podido quebrar al régimen desde adentro. Luego vino el asesinato del Che en Bolivia. En 1970 fue el descomunal fracaso de la zafra de los diez millones de toneladas de azúcar, que consumió las energías productivas de la nación. Mucho más grave aún que todos los casos precedentes, la ‘perestroika’, primero, y la restauración capitalista en la URSS, después, dejaron al desnudo la enorme vulnerabilidad de una economía que se había injertado artificialmente en un ‘bloque socialista’ industrialmente atrasado en muchos aspectos. Cuba se encuentra aún en emergencia, como consecuencia de la ruptura de esas relaciones económicas. Entretanto, el régimen flirteó un intento de salida con la dolarización de la economía y con la ilusión de una integración económica creciente con lo que hoy es la Unión Europea.

Aquellas amenazas y esos reveses dejaron una marca profunda en la sociedad cubana, y mostraron con holgura los límites de un ‘socialismo’ autárquico y de un régimen político de partido único y de poder personal. Pero fracasaron en forma rotunda en la pretensión de producir una reversión histórica y devolver a Cuba al corral del imperialismo. Es incuestionable que por su papel histórico y por la función que desempeñó en la estructura del Estado y en la conciencia social, el papel de Fidel Castro fue único. Pero esto no quiere decir que se confundiese con la sociedad misma; la expresó a través de un prisma particular e incluso cambiante.

No fue lo mismo la ola revolucionaria del primer año de la revolución; el enorme ascenso de la lucha contra la invasión de 1961 o la resistencia al acuerdo URSS-EEUU, cuando la crisis de los misiles, que el reflujo político actual. Incluso hay un cambio con relación a la década del ‘90, de ascenso internacional del ‘neo-liberalismo’ y disolución de la Unión Soviética, con el contexto presente de insurrecciones y levantamientos en América Latina, y de un empantanamiento militar del imperialismo yanqui en Asia. Los que ponen un signo igual entre la muerte de Fidel Castro y la desintegración de la Cuba independiente se van a llevar otro chasco.

Los problemas de Cuba son sociales y políticos, no de ‘sucesión’. En los meses pasados, Fidel Castro volvió a emprenderla contra la corrupción y por un mayor control del partido comunista. La economía del Estado se diluye hacia una acumulación privada clandestina que opera desde el propio aparato estatal. Sin una revolución política, que quiebre el gobierno vitalicio (de una burocracia), es imposible canalizar positivamente la riqueza nacional.

Desde Washington y Miami se impulsa una guerra civil en Cuba con vistas a la privatización de la economía y el restablecimiento de la explotación capitalista directa. Todo lo relativo al ‘pluralismo’ y a las ‘elecciones’ no son más que eufemismos para imponer el colonialismo; basta ver lo que ocurre en Irak, que sin embargo no podría exhibir la transformación social que ha conocido Cuba como consecuencia de la revolución. El régimen político de Estados Unidos neutralizó todas las ‘aperturas’ realizadas con dirección a Cuba por parte de sus monopolios económicos más encumbrados. El intento de establecer una China del Caribe no logró mayoría en el ‘establishment’ norteamericano, porque hubiera afectado la supervivencia de un amplio sector de la economía norteamericana, como ocurre hoy con las exportaciones chinas en diversos rubros. En estas condiciones, el imperialismo sólo tiene en su agenda la destrucción de la economía estatal cubana y el retorno a su condición de refugio turístico. El retroceso que está experimentando Puerto Rico, en la actualidad, es significativo de la incapacidad del imperialismo de ofrecer una re-industrialización capitalista a su propio patrio trasero.

En los EEUU, el ultra-reaccionario presidente electo Donald Trump celebró en Twitter la muerte del líder cubano (“¡Fidel Castro ha muerto!”) y lo calificó en una declaración como “un dictador brutal que oprimió a su propio pueblo durante casi seis décadas”. El magnate racista se había reunido en los últimos días de campaña con veteranos de la invasión de Playa Girón. Las declaraciones de Trump fueron interpretadas como un “giro radical” en las relaciones con Cuba con respecto a la administración de Obama. En primer lugar, se sobrestima el alcance del reacercamiento cubano-norteamericano acaecido a fines de 2014. Desde aquel momento, apenas se ha producido una flexibilización en el envío de remesas y el restablecimiento parcial de los vuelos comerciales directos que ha beneficiado a compañías como American Airlines, la operatoria de los hoteles Starwood y el servicio de reserva de viviendas Airbnb, y la liberación de exportaciones de ron y tabaco al país norteamericano.

“El comercio con Estados Unidos sigue siendo ínfimo a pesar de algunos pocos acuerdos”, resume la agencia anticastrista Martí. Otros acuerdos, como la radicación de una fábrica para la producción de tractores en la zona de Mariel, se han frustrado. Obama, por otra parte, no avanzó en el levantamiento del bloqueo, usando como coartada el hecho de que es un asunto que debe decidir el Congreso, que tiene mayoría republicana.

En segundo lugar, no puede asegurarse que Trump quiera dar un marcha atrás en las negociaciones. Su posición en la campaña electoral combinó un apoyo inicial al restablecimiento de relaciones con  algunas diatribas posteriores contra el gobierno cubano, que buscaron seducir a la comunidad anticastrista de Florida. Como empresario inmobiliario, Trump buscó burlar el embargo en los años ’90 para desarrollar negocios hoteleros en la isla.

Los intereses empresarios que empujan por un desarrollo de las negociaciones son importantes y -además- echar por la borda los acuerdos implicaría ceder terreno a potencias rivales y otros países que se vienen afincando en el país. Empresas mexicanas y constructoras brasileñas se han instalado en la zona franca de Mariel. Canadá tiene presencia en varios sectores. Italia participó de la última feria de inversiones con más de cien empresas. Las potencias europeas tienen un fuerte desarrollo en la hotelería.

En la reciente feria internacional de inversiones La Habana, la presidenta del comité Estados Unidos-Cuba dentro de la Cámara de Comercio estadounidense, Jodi Hanson, enfatizó que “seguimos defendiendo que el proceso es irreversible sea presidente Clinton o Trump”. Trump no cuestiona a Obama el restablecimiento de relaciones con Cuba pero exige mayor dureza aún en los vínculos bilaterales. Ha integrado a su equipo a Mauricio Clever-Carone, miembro de una fundación que reclama una “transición incondicional de Cuba a la democracia y al libre mercado”.

Durante un evento de campaña en Miami, Trump dijo: “Todas las concesiones que Barack Obama ha otorgado al régimen de Castro fueron por orden ejecutiva, lo que significa que el próximo presidente puede revertirlas, y es lo que haré a menos que el régimen de Castro satisfaga nuestras demandas”. La libertad política que reclaman es el taparrabos de un operativo de recolonización sin atenuantes que incluya la más amplia libertad en la explotación de los trabajadores. El bloqueo económico constituye una potente herramienta extorsiva en las negociaciones, ya desde el gobierno de Obama, para lograr un rendimiento total de Cuba a los condicionamientos del capital imperialista.

La burocracia que domina el Estado cubano, con intereses propios diferenciados de la masa de la población, refuerza la opresión popular y contribuye al desarrollo de las tendencias capitalistas. El problema que tendrá Trump para llevar adelante una política más agresiva hacia Cuba es que el corazón de la crisis capitalista se encuentra en los propios Estados Unidos y que cualquier ofensiva deberá vencer la resistencia de las masas cubanas. Está planteado el levantamiento incondicional del bloqueo a Cuba y la plena libertad de organización sindical y política para su clase obrera.

Fidel Castro fallece cuando se cumplen exactamente sesenta años de la salida del Granma, desde México, de una fuerza revolucionaria que debía llegar a Cuba para derrocar al dictador Batista, en combinación con una huelga cívica prevista en el Oriente de la Isla. Sería el comienzo accidentado de la Revolución Cubana.

Fidel deja una herencia política contradictoria. De un lado, porque Cuba se encuentra empeñada en repetir la experiencia de restauración capitalista de China, en un lugar más inadecuado y en peores condiciones económicas internacionales. El ascenso de Trump prueba el carácter explosivo de esta tentativa, cuando no su completa inviabilidad. El bloqueo económico sigue en pie como un arma de presión para liquidar los obstáculos que aún existen en Cuba a la colonización del capital financiero. La limitada asociación del Estado con el capital extranjero ha llegado al tope de sus posibilidades. Irónicamente, es precisamente China el espejo en el que se mira el gobierno de Cuba, el blanco preferido de la guerra económica que ha anunciado el magnate norteamericano.

En la conciencia popular, sin embargo, el legado que deja Fidel es una revolución social sin precedentes en América Latina, con la peculiaridad de que el papel dirigente de la clase obrera es sustituido por la clase media radicalizada. La Revolución Cubana no es el producto de una construcción histórica de la clase obrera internacional; incluso entra en colisión con todas las estructuras burocráticas esclerotizadas del movimiento obrero internacional, y en particular con los partidos estalinistas. Se desarrolla, en estas condiciones, un proceso histórico transicional peculiar: un régimen político que expropia a la burguesía, en un movimiento de independencia nacional, sin el horizonte histórico del gobierno de la clase obrera, ni de la revolución proletaria mundial. La historia del siglo XX ha sido muy fecunda en producir transiciones de características especiales. Esto no significa que, en ausencia de nuevos procesos revolucionarios, no queden condicionadas por la economía y la política mundiales.

El punto más elevado de la Revolución Cubana y del propio Fidel es la derrota que inflige, en abril de 1961, a la invasión mercenaria organizada por EEUU en Playa Girón – en la que fueron movilizados un millón de cubanos en armas. En octubre de 1962 comienza una curva descendente, luego del pacto Kennedy-Kruschev, que es denunciado vigorosamente por Fidel. Es a partir de este momento que el imperialismo decide combatir a la Revolución Cubana sembrando a América Latina de dictaduras semi-bonapartistas, primero, y directamente criminales, poco después. En Cuba, Fidel se sirve del manto revolucionario para establecer un régimen de arbitraje político personal. A diferencia de lo que ocurría con las revoluciones pasadas, cuando cada etapa política daba lugar a un liderazgo diferente, Fidel va a ser el protagonista irremplazable de las mutaciones de la Revolución Cubana.

El impacto mundial de la Revolución Cubana y el protagonismo internacional de Fidel no deben confundirse, como se ha hecho, con una orientación estratégica internacionalista. El apoyo al foquismo constituyó una operación de aparato, que concluyó en derrotas crueles. Más adelante adoptó el camino contrario: una diplomacia de apoyo al entendimiento con la burguesía nacional. Es lo que ocurrió con la UP en Chile y con la revolución sandinista en Nicaragua y los ‘procesos de paz’ en Centroamérica. Se abrió un como marco para una negociación estratégica, a la que se integraron el Vaticano y los Estados Unidos, y luego el apoyo de los gobiernos del “socialismo del siglo XXI”. La muerte de Fidel no es la expresión ‘simbólica’ del final del ciclo revolucionario latinoamericano, como pontifican los enemigos de la Revolución Cubana. Las premisas que le dieron lugar, hace 60 años, están más presentes que nunca en todo el mundo.

La desaparición de Fidel Castro puede acentuar las tendencias centrífugas en Cuba que él denunció. Una agudización de los problemas económicos cubanos hará emerger claramente una lucha social. En oposición a cualquier forma, ‘democrática’ o no, de restauración capitalista abierta, y frente al callejón sin salida del inmovilismo, hay que abrir el debate de una estrategia socialista internacional para la revolución cubana siempre viviente. ¡Viva Cuba Socialista!

 

Osvaldo Coggiola es hijo de Dora Pastora Garcia, cubana desde el primero hasta el último de sus 90 años de vida

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